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Aprender de los errores: Ex propietarios de gimnasios revelan por qué debieron cerrar sus negocios

Al momento de encarar un proyecto comercial, cualquiera sea el rubro, las posibilidades que se enfrentan son básicamente dos: que vaya bien y, en el mejor de los casos, crezca; o que vaya mal y, en el peor de los casos, deba cerrar. Todo es posible. Pero cuando una multiplicidad de errores propios y ajenos se combina con una larga lista de obstáculos internos y externos que no consiguen ser sorteados en forma airosa, llevan irremediablemente al fracaso del negocio.

Palabras más, palabras menos, esto le sucedió a Alfredo Veit, Ariel Couceiro y Guillermo Napp, tres profesionales de la actividad física que en determinado momento decidieron abrir sus propios gimnasios, pero tiempo después, por diferentes motivos, se vieron obligados a cerrarlos. Mercado Fitness los reunió y, café mediante, nos contaron sus historias.
Causas del cierre
Alfredo Veit abrió un gimnasio en Floresta (Capital Federal) en marzo de 2004. A los 8 meses sus ilusiones se vinieron abajo, tuvo que hacer sus valijas e irse por problemas con los dueños del local. “Me trataban como si fuese un empleado, cuando en realidad les pagaba un alquiler. Me hacían la vida imposible y no pude seguir”, recuerda.
En el caso de Ariel Couceiro, las causas que le hicieron bajar las persianas de su local ubicado en pleno centro porteño fueron otras. “Dejó de ser rentable el lugar porque subieron estrepitosamente los gastos fijos de esa zona”, señala. Además la competencia se tornó muy fuerte. “Cuando empecé no existía tanta rivalidad. Después se instalaron grandes gimnasios cerca que hicieron convenios con empresas a precios a los que me era imposible competir”, remarca Couceiro.
Por su parte, Guillermo Napp, quien se había instalado en 1996 en Belgrano (Capital Federal), sufrió la clausura de su gimnasio a manos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, a raíz de las denuncias que le realizó en repetidas oportunidades una vecina por ruidos molestos.
Conclusiones…
Tras la experiencia vivida, Veit concluye: “Cuando uno se mete en un lugar para compartir, hay que establecer por escrito –en el marco de un contrato con fuerza legal- las pautas de convivencia para desarrollar el negocio, sino es imposible. Yo hice una inversión y perdí 4 mil dólares. Además se me fueron ocho meses de esfuerzo y trabajo”.
Napp por su parte agrega: “Además de recurrir a dos o tres consultores, creo que hay que indagar entre colegas exitosos. Ver qué hacen bien los otros para notar cuál es diferencia que existe. Por otro lado, en la zona del gimnasio volvería hacer un relevamiento y una autoevaluación”.
En coincidencia Couceiro opina que, de volver a empezar, “realizaría un análisis de mercado y de relaciones costos/índices de clientes por metro cuadrado, cosas fundamentales que no hice antes”. Además, dice: “Conformaría un equipo de trabajo que comparta mi visión y tendría muy en cuenta las necesidades de la gente”.
En los últimos tiempos, Alfredo Veit y Guillermo Napp lograron abrir otros centros de actividad física y continúan desempeñándose como propietarios. Ariel Couceiro, en cambio, decidió volver a trabajar en relación de dependencia como coordinador. “Desde afuera, sin tanta responsabilidad a cargo, es mucho más fácil ver las cosas. Yo estaba demasiado sólo en mi función como para poder actuar y tomar determinadas decisiones”, concluye Couceiro.



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