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“A la gente no le gusta que la toquen”, afirma el entrenador personal Daniel Tangona

Caso 1: Un día común y corriente, por la tarde, en un gimnasio cualquiera de la ciudad de Buenos Aires. Una joven muy bonita se aproxima a uno de los profesores del lugar para consultarle sobre ejercicios de estiramiento de sus músculos isquiotibiales.

Reacción: El entrenador recuesta a la alumna sobre una colchoneta y la asiste personalmente en los ejercicios de elongación, ayudado por sus manos, a veces sus piernas y por el peso de su cuerpo.

Caso 2: El mismo día tan común y tan corriente, pero una hora más tarde, curiosamente en el mismo gimnasio, un muchacho de no más de 30 años se acerca al mismo profesor con idéntica inquietud: estirar sus isquiotibiales.

Reacción: El entrenador acompaña al alumno hasta la barra de estiramiento y, casi sin que mediara contacto físico alguno entre ambos, le explica el ejercicio para que lo realice por sí mismo.

Esta escena, que no resiste el menor análisis, se repite a diario en infinidad de gimnasios del país, con consecuencias muy negativas que afectan directamente la rentabilidad del negocio.

Porque actitudes de este tipo por parte de los profesores terminan, muchas veces, por ahuyentar a los socios de un club: la jovencita se va por el entrenador la manosea cada vez que puede y el muchacho hace lo propio porque los entrenadores le prestan poca y nada atención.

Para Daniel Tangona (46), uno de los entrenadores personales más reconocidos de Argentina, la explicación es simple: “Se trabaja en un ambiente de músculos, de glúteos, de gente con muy poca ropa y eso puede generar ciertas perspicacias. Es entonces cuando el buen entrenador aparece”. En este sentido añade: “Siempre digo que, para mí, mis alumnos no tienen sexo”.

”En los gimnasios siempre hay avivadas de este tipo –prosigue– y lo triste es que ése profesor no se da cuenta que hay 50 personas en el lugar mirando lo que él está haciendo. Lo más negativo es que el límite entre conservar y perder sus socios pasar por el profesionalismo que se demuestre al trabajar”.

Tangona recomienda que, con todos los alumnos sin distinguir género, “hay que tener el contacto físico mínimo indispensable, porque a la gente no le gusta que la toquen, a menos que esa persona tengan otras intenciones”. En esa línea agrega: “A ninguna persona que quiera solamente entrenar le agrada que la toqueten”.

En su opinión, “es posible para el profesor mantener una relación en armonía con un alumno, siempre que los dos sepan para qué están ahí”. Sucede, explica Tangona, que hay un problema de formación. “Acá te enseñan tres de diez, el ácido láctico y cómo correr más rápido. Pero nada de ética ni marketing personal”, remarca.



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