Expertos

En el mundo occidental, el hombre se ha ido alejando cada vez más de cuestiones esenciales de la vida y casi todo lo analiza desde la óptica del rendimiento y los resultados. El mercado dicta las leyes y las personas son arrastradas a este mamarracho llamado progreso, en el que la tecnología vale más que la sensibilidad.

Vivimos en una sociedad cada vez más competitiva, en la que los individuos ven a diario alterados sus ritmos normales de sueño. El estrés del que son presas arroja hormonas altamente destructivas para sus órganos. Y la actividad física aparece como una inyección de contraste para trabajólicos, que se vende como una terapia.  
Ir al gimnasio es como llevar el cuerpo al taller para poder, tras pequeños retoques, seguir exprimiéndolo al día siguiente. En otras palabras, la gente busca allí un refugio donde ponerse a salvo de las desprolijidades de su vida. No hay duda que la actividad física controlada es beneficiosa para la salud. De hecho, los gimnasios se han multiplicado en los últimos años.

Pero cabe preguntarse: ¿Ha mejorado la salud de la población en forma proporcional al crecimiento de esta actividad? ¿Qué es un gimnasio hoy? ¿Representa una catedral de la histeria colectiva? ¿Se trabaja la sociabilización de alguna manera? ¿Cómo se atiende a cada individuo? ¿Qué lugar ocupa la salud en este contexto? ¿Qué rol jugamos los profesores?

Los gimnasios son empresas y su objetivo es vender, no ofrecer servicios para la salud. La salud no es perder grasa, aumentar el volumen de los bíceps, o subir la cola. La salud es física y es mental, somos un sistema integrado. La imagen que las personas sueñan tener al entrar a un gimnasio conlleva un aspecto psicológico que nadie atiende ni entiende.

Las clases grupales, por ejemplo, se dan con música estridente -para algunos estimulante- que interfiere con otras actividades. No se puede hablar, explicar, ni controlar a nadie. Estas actividades resultan estresantes para los demás y las personas salen, después de una hora, con la adrenalina al mango.

Durante ese tiempo, el instructor está más atento a la coreografía que a saber bajo qué exigencia trabajan sus alumnos. A lo sumo sugiere: “Cada uno ponga la carga que pueda”. Su producto estructurado bajo una fórmula que funciona igual para todos. La personalización no es más que una pretensión imposible de alcanzar.

Mientras tanto, los alumnos, que anhelan tener el cuerpo del instructor, tratan de imitarlo, cual monos, mientras éste grita dando saltos hacia ningún lado sobre la tarima al ritmo del “punchi, punchi”, y ¡que tengan un buen fin de semana! Les dicen que son únicos pero los tratan como rebaño… un número más entre las repeticiones de la sala de aparatos.

Un gimnasio no debe ser una isla dentro de la sociedad. La salud no puede venderse en paquetes y con promociones. La salud exige cambios en los hábitos de vida de la población. Y eso significa empezar a preguntarse para qué y cómo. Si no, seguiremos vendiendo, con instructores que apenas instruyen, el sueño de un cuerpo que el sistema reinventa permanentemente, según las leyes del mercado, para ser consumido como una moda más.

Marcelo Alarcón es entrenador personal, Profesor Nacional de Educación Física. Ex integrante de la Selección Argentina de Atletismo. Trabaja en un gimnasio en la ciudad de Santa Fe.

Texto publicado en la edición Nro.16 de la revista Mercado Fitness – Año 2006– Mayo / Junio



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