Expertos

Una de las claves del exitoso rescate de los mineros chilenos fue la buena condición física en que se mantuvieron. Uno de ellos, Édison Peña, corrió en su encierro entre 8 y 10 km todos los días. Y acaba de participar del Maratón de Nueva York.

Chile es el principal productor de cobre en el mundo, con una larga y angosta franja de tierra rica en varios minerales. Esto motiva a muchas empresas y trabajadores a buscar la riqueza en lugares remotos.

El jueves 5 de agosto, las miradas del mundo entero viraron hacia este país minero del extremo sur, para ver qué ocurría con 33 mineros que habían quedado atrapados en las entrañas de la Tierra, a 700 metros de profundidad, luego de que el derrumbe de la mina San José había acongojado a todo una nación.

Y cuando ya terminaban por apagarse las esperanzas de encontrarlos con vida, luego de realizar varios sondajes hasta el fondo de la Tierra, un arrugado papel enviado por los mineros alegraba al mundo con sólo siete palabras: “Estamos bien en el refugio los 33”.

A partir de ese momento se elaboró un plan para rescatarlos, y aun cuando las ideas sobraban, la solución final fue tan simple como fabricar una sonda hasta el fondo y rescatar a los mineros a través de una jaula. La idea, aunque lógica, requería que los trabajadores estuvieran en una buena condición física para abordar este desafío. Y el primer problema para los expertos era que los mineros cupieran en la jaula especial, a la que denominaron cápsula Fénix II.

Entrenando en el fondo de la tierra
Se sabe que vivir en espacios confinados tiene el efecto de reducir la actividad física, lo que muchas veces implica una ganancia de peso. Eso se ve con claridad cuando animales silvestres pasan a un estado de cautiverio: hay aumento de la grasa y del peso y reducción de la masa muscular y de la capacidad aeróbica.

Esto fue lo primero que pensaron los rescatistas, pues tendrían un problema serio si alguno de los mineros no lograse entrar en la Fénix II, de poco más de 50 cm de diámetro. Sin embargo, se encontraron con la sorpresa de que muchos habían perdido bastante peso, producto del estrés y del caluroso y húmedo medio ambiente típico de las profundidades de la Tierra.

Una vez resuelto el problema del peso, el siguiente desafío era ponerlos en forma para el rescate. El diseño no fue fácil, dado que se debía planificar a distancia y, además, había que considerar que algunos de ellos sufrían condiciones crónicas como diabetes e hipertensión arterial. Esto aparte de diferentes problemáticas que pudiesen generarse, producto del encierro, como hongos en la piel (debido a la alta humedad y las escasas condiciones de higiene), menor absorción de vitamina D (debido a la ausencia de luz solar) y trastorno de los ritmos circadianos (la fisiología normal ante el ciclo día y noche).

Tabla 1: enfermedades preexistentes y las condiciones de riesgo producto de la estadía en el fondo de la mina.

Preexistentes             Producto del encierro
Diabetes                     Hongos
Hipertensión arterial     Trastornos metabolismo vitamina D
                                  Insomnio
                                  Condiciones mentales (ansiedad, estrés, irritabilidad)
                                  Caries
                                  Atrofia muscular

Los objetivos del programa eran prepararlos para el momento del rescate y distraerlos de su condición de encierro con ejercicios que permitieran mejorar su estado físico y mental. Esto les aseguraría resistir el rescate, que duraría entre 15 y 20 minutos, a través de la cápsula ascensor, y prevendría posibles lesiones ante esta inusitada tarea.

La clave estuvo en el ejercicio aeróbico de mediana intensidad con márgenes de zona de objetivo de 120 a 140 latidos por minuto, incluyendo ejercicios de trote y salto a la cuerda, como los que realizan los boxeadores. El diseño del programa de entrenamiento incluyó aspectos relacionados con la prueba de verdad, que sería el ascenso hasta la superficie, y aunque la demanda fisiológica era baja, no podía quedar al azar el éxito de la operación.

Dentro de otras actividades, se incluyó un programa de entrenamiento similar al que hacen los pilotos de aviones de combate, llamado L1, o ejercicios antigravedad, que se ejecutan de pie y permiten bombear sangre desde los pies hacia el cerebro, evitando los riesgos de desmayo. Adicionalmente se los entrenó en el desarrollo de la fuerza y vitalidad muscular con bandas de resistencia elástica.

Del fondo de la Tierra al Maratón de Nueva York
Recién luego de 22 días de producido el accidente, los equipos de rescate lograron comunicarse con los 33 trabajadores atrapados. Y mientras los demás mineros se encargaban de pedir víveres, uno de ellos sorprendió a todos cuando le tocó su turno: solicitó un MP3 con canciones de Elvis Presley, zapatillas y un pantalón corto. ¿Su nombre? Édison Peña. Este hombre corrió, todos los días de su encierro, entre 8 y10 km por las arterias más profundas de la mina.

Antes de que le llegase el pedido había cortado sus botas y, alumbrándose con la luz de su casco, había llevado a cabo con perseverancia su rutina. La afición de Peña por correr lo mantuvo en forma en el yacimiento San José, pero además le sirvió para superar el estrés y la ansiedad que le causaba permanecer sepultado en vida junto a sus 32 compañeros a 700 metros de profundidad.

Al conocer esta historia, la organización del Maratón de Nueva York decidió invitar a Édison a observar dicho evento deportivo, pero el minero de las profundidades nuevamente sorprendió al decir: “Acepto, pero corro”.

De esta manera, coronó su odisea de pasar 70 días sepultado en el fondo de la mina con los desafiantes 42 km que impone el Maratón de Nueva York. Fue su ceremonia y culto a la vida activa. “No saben cómo sufre el alma al estar bajo tierra y no poder decirles que estaba vivo”, dijo antes en una carta dirigida a sus familiares, cuando nada se sabía de los mineros. Eso es, simplemente, tener un temple de acero.

Y aunque el atleta minero cruzó la meta en 5 horas y 40 minutos, su objetivo era el mismo que mantuvo durante 70 días bajo tierra cuando señaló: “Voy a demostrarle a Dios que ésta es mi carrera por la vida”.

Jorge Osorio es fisiólogo del ejercicio y ergónomo, posgraduado en Estados Unidos y Suecia. Autor de ocho libros sobre ejercicio, salud y trabajo. Dirige en Chile su propia consultora, especializada en el desarrollo de programas de bienestar para empresas mineras. E-mail: gerencia@jorgeosorio.com

Texto publicado en la edición Nro. 43 de la revista Mercado Fitness – Año 2010 – Noviembre / Diciembre



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